viernes, 21 de septiembre de 2012

La fiesta de los quintos en Aldeanueva de Ebro... 25 años más tarde

Una de romanos
Suena a historias de abuelo -o es que quizás ya sean historias de abuelo- pero lo cierto es que hasta el año 2001, la vida de los jóvenes españoles estuvo condicionada por el Ejército y la obligación de “servir a la Patria”. Así durante al menos un año, la vida de los varones españoles se veía alterada por un servicio militar obligatorio, la popularmente conocido como “mili”, que los convertía de forma forzosa en soldados uniformados y armados. Para algunos supuso la oportunidad para salir del pueblo, para otros una pérdida de tiempo que obligaba a aplazar estudios, retrasar la incorporación al  mercado laboral e incluso la pérdida del puesto de trabajo.


Hubo quienes nos negamos a realizar ese servicio militar, declarándonos objetores de conciencia, por lo que fuimos “penados” con un servicio social sustitutorio que duplicaba en tiempo al militar. Otros fueron más allá, manifestando su insumisión al ejército, lo que les llevó en muchos casos a la cárcel.

En definitiva tanto los que hicieron la mili, como los que nos negamos a hacerla, tuvimos que sufrir sus consecuencias.

Los quintos

Desde que Juan II de Castilla en el siglo XV impusiera la obligación de que uno de cada cinco varones debía ir al ejército, a los jóvenes que cada año reclutaba el ejército se les llamó “quintos”.

El proceso de incorporación de estos quintos al ejército se iniciaba cuando cada año el Gobierno fijaba el cupo de soldados que estimaba necesario. Para su reclutamiento, los ayuntamientos citaban a los mozos que habían cumplido los 21 años, para ser medidos, pesados y reconocidos médicamente, elaborando en consecuencia unas listas con los nombres de los mozos que por su edad y estado físico se les consideraba útiles para el servicio militar.

Voluntario extrae la bola del bombo durante el sorteo de quintos (Foto elcorreo.com)

Mediante un sorteo público, a cada uno de los mozos del contingente anual se les atribuía un número de orden que determinaba su destino militar, y que en el peor de los casos lo podía llevar al Norte de África y en el mejor de los casos podía suponer que se librase de la mili por “excedente de cupo”.

Las fiestas de los quintos

Con motivo de este proceso de reclutamiento se celebraban las fiestas de los quintos, en la que los jóvenes de la correspondiente quinta se apoderaban de las calles de los pueblos. En Aldeanueva de Ebro, al grito de “los quintos” la noche de un sábado del mes de octubre, se recorrían las calles del pueblo, siendo habitual coger las cortinas de las puertas de aquellos vecinos descuidados que no las habían quitado. Ya de madrugada, se solía ir a algún corral, para coger conejos con los que preparar un calderillo al día siguiente.

Quintos en Aldeanueva de Ebro en los años 50 (Foto Antonio Martínez)


Quintos en Aldeanueva de Ebro en los años 70 (Foto Antonio Martínez)


El tiempo pasa muy deprisa, y cualquier pretexto puede ser bueno para reunirse los antiguos amigos y recordar los tiempos en los que se fue “más” joven. Y uno de esos pretextos es el paso de 25 años desde que se fue quintos. Y eso es lo que desde hace tiempo se celebra en Aldeanueva de Ebro. Así todos los años en el mes de julio, los que han cumplido 46 años, se juntan un sábado para pasar un día de fiesta. Y este año nos tocó a los nacidos en el año 1966, quienes el pasado 28 de julio nos reunimos de nuevo, alguno hacía más de 30 años que no nos veíamos.

Quintos del año 1966 (Foto Nino Argazk)

El programa se inició con un almuerzo tempranero en “El Molino”: huevos fritos con chorizo regado con buen vino para los más animosos, y cafecito para los que todavía andaban medio dormidos.

Del almuerzo a la iglesia, y es que parece que no hay manera de librarse del peaje de la religión. Y de allí al cementerio, para colocar un ramo de flores a nuestro amigo Toño Miranda.

La visita guiada a la bodega cooperativa Viñedos de Aldeanueva seguida de la degustación de un buena y generosa selección de vinos fue caldeando el ánimo. De allí a la bodega Real Rubio, donde entre vinos, cervezas y alguna partida al futbolín dimos paso a la comida. Tras la comida música y copas en la misma bodega hasta el atardecer.
En la bodega Viiñedos de Aldeanueva (Foto Nino Argazk)

En la bodega Real Rubio (Foto Nino Argazk)
 
Con las sonrisas de oreja a oreja y con los ánimos exaltados, comenzamos la ronda por los bares del pueblo, alternando las cervezas con juegos “tradicionales” como la silla, el pañuelo, carrera de sacos...
 Jugando a la silla (Foto Nino Argazk)

Jugando al pañuelo (Foto Nino Argazk)


El ejercicio abrió el apetito, así que la fiesta continuó en el Restaurante Venus donde dimos buena cuenta de la cena. Ya con las fuerzas recuperadas la noche se fue prolongando entre copas por  los bares, hasta que ya cercano el amanecer, los que todavía quedábamos en pie terminamos el día comiendo un chocolate en casa de nuestra quinta Merce.

Cenando en el Restaurante Venus  (Foto Nino Argazk)

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